Estábamos como a unos 100 metros de la
iglesia del seños de las maravillas, ya se miraba toda reluciente con su color
blanco, encalada con cal viva, según se contaba, ya se miraba su campanario de
piedra labrada, de esa misma piedra negra volcánica con la que los indígenas
del Valle habían hecho por muchos años sus molcajetes y metates.
Íbamos por un poco de agua bendita,
para bendecir la casa, para alejar las animas, pero al llegar el bautismal este
estaba seco, no hallamos ni gota, pero pues, lo que hicimos fue emprender
nuestro regreso, al salir mire un muro del cual no me había percatado al
entrar, de él prendían cientos de cartas, joyas y retratos, algunas para
pedir un milagrito, otras más de agradeciendo, mi mente quería articular unas
palabras para burlarme de eso, pero no, hubo algo que me digo que no hiciera
aquello, pensé que si lo hacía podría pasarme algo malo, en vez de eso me
acerque más y más, hasta tener a centímetros de mi cara los objetos místicos de
los cuales ya podría apreciar más definido los rostros de las
personas y las francés que yacían plasmadas en hojas de papel blanco,
inspeccione con detalle, tratando de encontrar alguien conocido.
Yo no soy muy creyente, debo
confesarlo, incluso cuando mi madre me pidió que la acompañará por su agua, le
decía que para que, quesque eso eran minados de cura. Pero no, hay cosas que no
comprendemos, y si eso es en lo que creen las personas quien soy yo para decir
algo.
-Mira, ahí está tu hijo,
-¡Tu hermano dirás! aquí traje su foto,
pa' que el señor de las maravillas lo alejé del vicio.
Y cundo te vayas al norte, aquí mismo
traeré tu foto, para que te vaya bien, para que te proteja.
-pero...
-¿Pero qué? Acaso ya perdiste la fe.
Hasta la parte de abajo de aquel muro,
yacía una foto a color blanco y negro, tamaño infantil de mi hermano, aquel que
estaba ya hace meses anexado y que era un dolor de cabeza para la familia, la
foto estaba clavada al muro de madera con un alfiler, por encima de la cabeza,
la foto estaba sola, sin ninguna petición, o quizás no era visible para mis
ojos llenos de ingenuidad.
Sr. De los milagros, te dejo la foto de
mi hijo, el tubo un accidente automovilístico, el está en coma desde hace
meses, te pido que lo ayudes, lo dejo en tus manos para que si así lo dispones
lo sanes o si es tu voluntad lo recibas a tu lado.
Leía, en uno de las cientos de hojas, a
un lado de dicho escrito, yacía la foto de Pedro, en una cama con mangueras de
oxígeno y de suero por el cuerpo.
Al final de todo, del dinero, de la
belleza física al final lo único que nos distingue es nuestra fe, nuestra alma,
me decía mi madre al percatarse que estaba atento leyendo las cartas de aquel
muro, lleno de agradecimientos y peticiones.
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